Lucho

Posted by admin Category: historias

-¿No te parece un poco antiguo eso de las cartas en papel?
-Quizá la carta como medio de comunicación ha quedado obsoleta, y puede que esté en extinción, pero me niego a pensar que es como cualquier aparato electrónico que sufre de obsolescencia programada. Lo analógico tiene que vivir siempre.
-Ya tenemos muchos mensajes en el facebook, emails, whatsapp… estamos todo el tiempo conectados, el que quiera decirnos algo podrá usar cualquiera de estas vías.
-No quiero el mensaje, quiero el medio en el que viaja. Estoy convencido que se dicen las cosas de otra manara si se escriben en un papel. Quiero algo que pueda tocar, me gusta tocar. ¿Te acuerdas del tío Lucho?
-¿Quién de la familia no se acuerda de él? Es un mito.
-Decían que estaba loco porque estaba más avanzado que los demás. Puede que aquella operación después de la guerra civil le dejara algo tocado, pero ya era un avanzado antes.
-Era tan avanzado tenía que hablar solo para que alguien le escuchara.
-Vivía en la montaña, prácticamente aislado, dos o tres vecinos alrededor. Se buscó sus propios amigos. Los inventó.
-A mi me daba miedo a veces.
-Era el miedo a lo desconocido. Llegábamos de la ciudad, tan urbanos, con el olor a gasolina quemada y a hormigón, a aquella casa de piedra y barro, con las plantas de maíz golpeando las ventanas y el crujir de los eucaliptos al caminar por la carretera. El moho en cada rendija. Éramos muy niños, ¿cómo no íbamos a tener miedo?
-Yo no recuerdo haber hablado con el tío Lucho nunca. Mi problema de memoria me impide recordar si lo hice alguna vez o no. Siempre lo recuerdo sentado sobre aquella caja de madera al lado de las escaleras que subían a las habitaciones. Con su navaja pelando las varas para hacer bastones. Había bastones por toda la casa. Y hoces. Aún quedará alguna colgada por las cuadras.
-Tus recuerdos son las imágenes de las historias que cuenta la familia, eras muy pequeño para conocer esos detalles. Pero sí, allí estaba siempre sentado, en su caja de madera o en esquina de la mesa, liando cigarrillos nuevos con las colillas de los otros. Celtas sin boquilla, guardaba lo que sobraba y con el papel de los sacos de pienso se liaba uno nuevo.
-¡Es verdad! Ya no me acordaba. Vida de post-guerra mucho después de la guerra.
-Ya sabes que es mi labor conservar la memoria de la familia.
-…
-…
-¿Y a qué venia lo del tío Lucho? Hablábamos de las cartas.
-Hablábamos de objetos que se pueden tocar. Tú lo recuerdas a él sentado en la caja, fumando los ducados. No nos queda nada que podamos tocar de él. Quizá algún bastón. Poco más. Ahora me gustaría poder viajar en el tiempo y verlo con mi edad adulta, hablar con él. Solo puedo imaginar su voz y lo que me queda es lo filtrado por los recuerdos. ¿Cómo nos vería él? No lo sabemos.
-Siempre pensábamos que no sabía quién de los sobrinos-nietos éramos.
-No estoy seguro. No te acordarás de esto, pero una vez se te quemaron las bambas en el horno.
-¿Sí? No lo recuerdo.
-Sí. Se te habían calado de caminar por el campo, siempre húmedo, siempre lloviendo. Y como en aquella edad las bambas eran lo más importante de nuestra vida, junto con el anorak, te encabezonaste en volver a usarlas, así que la mama te las metió en el horno-estufa-cocina. Y se te quemaron. ¿No te acuerdas?
-Ahora que lo dices si siento algo de dolor con la imagen, pero no logro verlo claro. Yo amaba mis bambas, todas ellas.
-Pues se te quemaron, tuviste un berrinche que no se te pasó hasta volver a Barcelona y comprarte otras nuevas.
-Cuadra, pero no lo recuerdo.
-Da igual. No es importante para lo que estamos hablando que tú recuerdes. Años más tarde Lucho murió.
-Eso si lo recuerdo. Es la muerte más triste de toda la familia. Moría un mito, como cuando murió El Ché, o algún día muera Fidel Castro. Mick Jagger. Mitos.
-Cuando murió limpiaron la casa. Además de entrar por primera vez en nuestra vida en su habitación, pudimos saber qué había dentro de la caja donde se sentaba. Ya éramos adolescentes con flequillo.
-¡Es verdad, la caja! ¡La habitación! ¡El flequillo de los catorce años!
-¿Recuerdas lo que había dentro?
-No, solo recuerdo que se abrió la caja, otro objeto tan mitológico como Lucho. Junto con su navaja, la caja de metal de los ducados y las llaves para abrir la puerta de las escaleras. Y el pelo cayéndome a los ojos y pasándolos a un lado con la palma de la mano. Aquél flequillo…
-Al abrir la caja, entre otros mil objetos pequeños sin sentido, que eran el mapa de su vida, estaban una de tus bambas. Un de las que se quemaron en el horno.
-¿De verdad? No me puedo creer que hablemos de mi. No me veo en ninguno de esos lugares en el momento que me cuentas, como si me estuvieras contando la historia de otro. ¿Guardaba la bamba?
-Sí. Supongo que sí sabia perfectamente que éramos los hijos de su sobrino Jano, qué tú eras el pequeño y seguramente le gustabas más que la Tata o yo, porque eras el pequeño y eras un desastre. A pesar de toda la locura, todo ese mundo rural que no tenia nada que ver con nosotros, al que solo aparecíamos una vez al año, a pesar de todo eso, guardaba, en su caja de madera, sobre la que pasaba horas sentado cada día, un objeto para recordarnos. Para poder tocar.
-Cierto.
-Tanta foto digital, tanto email, tanto whatsapp no se pueden guardar dentro de una caja de madera en la que sentarnos cada día. Podremos tener todo eso en la tarjeta de memoria del teléfono, en el bolsillo. Pero no podremos tocarlo. Por eso quiero las cartas. Para guardarlas en la caja de madera y dentro de unos años, cuando todo termine, cuando alguien la encuentre al abrirla, se acordará que una vez tuvimos un grupo de música.
-Ahora le veo el sentido. Dice la familia que antes que Lucho había un tío Alejandro que también era un loco, y por lo tanto un avanzado. Que después fue Lucho y puede que ahora lo sea el tío Álvaro. La tía Celsa dice que es un gen se traspasa de generación en generación. En la nuestra tú eres el de las cajas de madera, mi querido hermano Lucho.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.